En su momento me sentí satisfecho conmigo mismo, lo recuerdo; supongo que mi alegre diplomacia fue tan desastrosa como suele serlo la diplomacia. Qué cosas tan diabólicas hacemos cuando intentamos ser listos. A fin de cuentas, Harrison probablemente conocía a su esposa demasiado bien, pero no podía soportar que nadie sospechase de la arcilla de su ídolo. Se destruyó a sí mismo antes que dejarla caer. Más bien pienso que Harrison tenía algo heroico tras su estiramiento y sus gafas de oro.
Había una cosa que debí haber evitado por completo, y fue el desastre final, en el que la señorita Milsom estaba involucrada.
Por una vez me dio el capricho idiota de hacer de mártir y de amigo de noble espíritu. Justo en el momento en que mi razonable y deliberada política de distanciamiento debería haber venido en mi ayuda, se me ocurrió tomar el centro del escenario y abandonarme a la magnanimidad.
Lathom me despertó. Se sentó en mi cama y observé con irritación que había vuelto a tomar prestada mi bata. Siempre andaba cogiendo cosas ajenas.
—Estoy en un lío —dijo.
«¿Ah?», dije.
Me contó lo que había pasado. He visto el relato de la señorita Milsom. Es exacto en todos los puntos menos en uno.
- Lejos de rechazar a Lathom, ella lo había animado.
- Él se había apartado de ella al pie de la escalera con considerable dificultad.
Estaba lleno de una justa repulsión, lo cual me pareció divertido dadas las circunstancias.