Lathom es uno de esos trabajadores espasmódicos que necesitan aplausos y estímulos constantes. Trabajaba como un loco durante varias horas, gruñéndome si entraba a buscar alguna prenda o mechero que me hubiera tomado prestado; pero, pasado el arrebato, se pasaba por donde yo luchaba con denuedo contra un enrevesado fragmento de biografía para ponernos a hablar. Habla bien, pero sus intereses son desequilibrados. Es un creador auténtico: limitado, ávido, precipitado, y que aborrece la introspección y el compromiso. Él no cuestiona nada; yo lo cuestiono todo. Yo solo soy semicreador, y por eso no puedo resolver y descartar las cuestiones, como hace él, en un arrebato de inspiración o de desprecio igualmente inspirado.
Lathom es todo luces y sombras; un Rembrandt.
Yo soy plano, frío, dubitativo, lleno de interrogantes incosteables, un obrero del detalle. No me contagié del fuego de Lathom, y apagué el suyo. Es mi enfermedad dudar y matizar; ser incapaz de llorar ante una tragedia o de gritar en un coro.
Fue culpa mía no haber ayudado más a Lathom, pues, precisamente debido a mi inquieta sensibilidad, lo comprendí mucho mejor de lo que él jamás me comprendió a mí. Le habría convenido más que estuviera en desacuerdo rotundo con él. Pero yo poseía la habilidad fatal de ver su punto de vista y avanzar con cautela argumentos en contra, y eso no nos satisfacía a ninguno de los dos.
Lo veo ahora y, en realidad, ya lo veía entonces; es propio de personas como yo ver algo y no hacer nada al respecto.
Esto, por supuesto, era donde entraban en juego los Harrison. A mí me caía bien Harrison. Si no me hubiera caído bien, no estaría haciendo esta afirmación que, me temo, va totalmente en contra de la tradición de las escuelas privadas inglesas.