de día hay una buena vista desde aquí”.
—Supongo que ya no tardaremos mucho, pues —dije yo.
Él no respondió, y de pronto me di cuenta de que podía oírlo respirar. Una vez que lo hube notado, me pareció imposible cerrar los oídos a aquel sonido.
Era como escuchar los propios latidos del corazón en la noche, cuando parecen volverse cada vez más fuertes hasta llenar el silencio y te impiden conciliar el sueño.
Las respiraciones parecían rasparme los oídos, de lo pesadas y cercanas que eran.
—¡Eh! —dijo Lathom, de repente—. ¿Qué ha dicho?
¿Qué había dicho? Debía de hacer una eternidad, pues Manaton quedaba ya muy atrás, y el coche avanzaba tanteando penosamente ladera abajo, con profundas rodadas de carro estrujándole las ajadas articulaciones. Recordé que había dicho que calculaba que ya no tardaríamos mucho.
“Oh, no —dijo Lathom—. Ya casi llegamos”.
Seguimos dando botes en silencio durante diez minutos más; luego nos detuvimos con un crujido.
Saqué la cabeza. Campos oscuros, árboles y el tintineo de un arroyo lejano que llegaba débilmente en una ráfaga de viento del suroeste.
- Sin luz.
- Sin edificios.
—¿Es esto? —pregunté—, ¿o se ha calado el motor?
—¿Qué? —dijo Lathom, irritado—. Sí, claro que es aquí. ¿Qué pasa? Sigue adelante; no queremos quedarnos aquí toda la noche.
Luché con la puerta y salí a empujones, con Lathom pegado a los talones. Pagó al conductor, y el coche comenzó a alejarse, tambaleándose cuesta abajo en busca de un lugar para dar la vuelta.
—¡Aquí! —dije—; ¿traes la carne?
—Maldita sea —dijo Lathom—, creí que lo tenías tú.
Me lancé detrás del taxi, recuperé