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nydus/The Documents in the CasePublic
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36. George Harrison a Paul Harrison 27.2.29

parte del contrato estaba resuelta, y Freeman es perfectamente capaz de continuar).

Al llegar, interrogué de inmediato minuciosamente a la señorita Milsom. Su versión era que, la noche del 22, hacia las 12:30, había sentido un repentino antojo de sardinas (la mujer ciertamente no está bien de la cabeza), y había bajado a hurgar en la despensa. Volvió a subir a oscuras —como conocía bien la casa, no se molestó en encender la luz— y estaba a punto de entrar en su dormitorio, el cual, si recuerdan, está al lado del nuestro, cuando, para su alarma, oyó a alguien respirando muy cerca de ella.

Ella soltó una especie de exclamación y trató de dar con el interruptor del descansillo, pero topó con la mano de un hombre. Creyendo que era un ladrón, se puso a gritar, pero el hombre la asió del brazo y dijo en un susurro: «Todo va bien, señorita Milsom».

Ella se aferró al brazo de él y tocó lo que reconoció de inmediato como la manga de la bata acolchada de Munting, que este suele llevar puesta cuando escribe. Le preguntó de inmediato qué hacía en su descansillo, y él balbució algo acerca de ir a buscar no sé qué artículo a su abrigo en el perchero del recibidor y haber perdido el rumbo en la oscuridad.

Ella protestó, y él la retiró del interruptor de la luz, diciendo: «No armar alboroto —vas a alarmar a la señora Harrison. Está todo bien».

Ella le dijo que no le creía y, según su versión, él entonces le hizo insinuaciones, que ella rechazó con indignación. Él replicó: «¡Ah, muy bien!», y se dispuso a subir. Ella regresó y encendió la luz a tiempo de ver la cola de la bata desapareciendo escaleras arriba.

Profundamente asustada, corrió a la habitación de mi esposa y sufrió un ataque de histeria. Margaret se esforzó por calmarla, y pasaron juntas el resto de la noche.

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