a cualquier excusa para perder el tiempo. Intenté escurrir el bulto, ¡pero nada! «Tienes que venir sin falta, viejo amigo». Supongo que la idea era impresionar a los amigos de Leader haciéndoles creer que los hombres de intelecto se sienten orgullosos de conocerlo. No se me había ocurrido que escribir superventas tuviera unos acompañamientos tan idióticos.
Leader estaba en su elemento, por supuesto, luciendo sus conocimientos de medio pelo y exhibiendo fragmentos de anatomía en frascos. Puedo ver a Leader un día de estos como el testigo principal en una investigación judicial, espantosamente chapucero y presumido, profesando que puede calcular la hora del crimen con un margen de cinco minutos con solo echarle un vistazo al cadáver, y arruinando la vida de cualquiera con alegre confianza en su propia infalibilidad.
Causaba una gran impresión en la sala de disección, pero en su mejor momento, creo, era cuando hacía gala de sus conocimientos sobre venenos (que, a propósito, parece que tienen a mano en los estantes abiertos para que cualquier visitante ocasional se sirva). Era muy experto en drogas sintéticas —todas hechas en el propio establecimiento con vete a saber qué, e imitando a la naturaleza de un modo tan abominable —abominablemente bien, quiero decir— que el análisis químico no logra distinguirlas.
En verdad, en verdad, señores (y aparte de lo tedioso que es Leader), pero esto me preocupa. Los perfumes sintéticos de alquitrán de hulla ya son bastante malos, y los tintes sintéticos, y puedo soportar el alcanfor sintético y los venenos sintéticos, pero cuando se trata de extractos glandulares sintéticos como la adrenalina y la tiroxina, empiezo a preocuparme. Vitaminas sintéticas después, supongo, y carne y coles sintéticas, y tras eso, bebés sintéticos.
Hasta ahora, sin embargo, no parecen haber sido capaces de crear vida sintética; lo más cerca que han estado es estimulando hueva de rana para