ojos; era patético, como darle caramelos a un crío. Incluso H. se conmovió un poco de su hosquedad habitual. Le conseguí una pareja —¡no! No la contraté, la conocía—, una personita decente que solía vivir con Mathieu Vigor y que ahora, según creo, es la petite amie de Kropotzki, y ella lo trajo y lo llevó dando vueltas de la manera más amable. ¡Salió de la refriega bastante chispeante (para lo que es él!) y sacó solemnemente a Madame a bailar la siguiente pieza! Eso no fue tan bien, porque le encontró defectos a sus pasos, así que lo devolví a empujones con Fleurette, que creo que podría bailar con un canguro, la listilla del demonio.
Crucé el 2, y bajé aquí en busca de calor y sol (¡ilusión!).
El lugar ha sido arruinado, por supuesto, por los turistas "artísticos", y está plagado de tiendecitas de artesanía rústica. Los valientes pescadores deambulan con limpios jerséis azules y abrrillantan los botes en el puerto, mientras anhelan que vuelva a empezar la temporada de cine.
Estaré de vuelta en Bayswater en algún momento de la próxima semana. Espero que tu sentido del humor se sienta robusto, pues estoy de muy mal humor y nada me complace.
Siempre tuyo
Lathom