en el que el carnicero lo había envuelto, con un olor y un aspecto más bien pasados, un eglefin seco y una gran cantidad de comida en conserva. La carne no estaba «mala», pero la sangre se había secado y oscurecido. Parecía como si el carnicero se la hubiera dejado en su visita del jueves. Evidentemente, por tanto, Harrison había estado vivo entonces para recibirla. Pero como no la había cocinado, dediqué que debió de haber enfermado en algún momento de la noche del jueves o de la mañana del viernes.
Satisfecho con estas deducciones, seguí razonando un poco más.
- ¿Cuánto tiempo después de la comida había comenzado el problema?
- No había recogido la mesa.
- ¿Era el tipo de hombre ordenado que recoge sobre la marcha?
Sí, pensé que lo era. Por lo tanto, la enfermedad se había manifestado bastante pronto después de la comida. La silla que había estado frente al plato usado yacía ahora de lado, como si se hubiera levantado a toda prisa y la hubiera tirado.
Buscando por el suelo, di con una pipa, cargada y apenas fumada. Había una taza, medio llena de café.
Empecé a ver a Harrison, con la cena terminada, la silla retirada hacia el borde de la alfombra, la pipa encendida, saboreando lentamente su café después de cenar. De repente le ataca un espasmo de dolor o náusea. Se levanta de un salto y deja caer la pipa. La silla tropieza con el borde de la alfombra y cae al suelo mientras corre hacia el fregadero. Se aferra al borde de este y vomita horriblemente.
¿Qué sigue?
Tomé la vela y salí