importa mucho de qué hable, y la señora Harrison lo escucha todo con mucha paciencia. Me pregunto cómo puede hacerlo, pero está en un estado mental maravillosamente sereno y feliz. Estoy bastante orgullosa de mi obra, pues estoy segura de que fue nuestra pequeña charla en mi habitación el otro día lo que le mostró la salida de sus problemas.
Siento mucho lo que me cuentas de Ronnie. Debe de ser muy duro para ti que se haya metido en esos líos con esa clase de muchacha, pero sin duda todo pasará.
El doctor Trevor dice que ese tipo de amorío adolescente siempre debe tratarse con simpatía, y que se resolverá de forma natural si no se le pone freno. Estoy segura de que para Tom sería de lo más imprudente ejercer su autoridad de ningún modo.
No puedo olvidar cómo nuestra pobre y querida madre arruinó mi vida —por supuesto, con la mejor de las intenciones— con sus ideas anticuadas sobre lo que era «de buen tono». Nadie sabrá jamás lo que sufrí de muchacha, y estoy segura de que se debe enteramente a esa infelicidad temprana el que ahora esté en manos del médico.
Para ti no fue lo mismo, claro; tú nunca tuviste ese temperamento tan complejo y delicado, y probablemente habrías sido bastante feliz siempre, te hubieras casado o no. Las personas de tu clase son las más afortunadas, pero, en fin, uno no puede evitar su propio temperamento, ¿verdad?
Si sigues mi consejo y tratas a Ronnie con simpatía y benevolencia, evitarás arruinarle la vida como nuestros padres arruinaron la mía. Siento que Ronnie y yo somos muy afines; tal vez unas pocas palabras mías ayuden a explicarse a sí mismo. Le escribiré esta noche.
Tu afectísima hermana, Aggie