estar casado, quizás tengas la casa en orden. ¿Te resulta igual de fácil hacer tu trabajo ahora que estás atado a un torbellino? Pero, por supuesto, tu torbellino también trabaja y ayuda a mover la rueda del molino, lo cual sin duda marca toda la diferencia”.
Lathom continuó en este plan durante una página más o menos. El cinismo por su parte era algo nuevo, y supuse que indicaba algún tipo de inquietud. Pensé que, o bien se estaba hartando de las exigencias de la dama, o bien el trío había llegado a un modus vivendi. No era asunto mío.
Terminó diciendo que subiría a la ciudad en un día o dos y que vendría a verme. Por entonces yo vivía en Bloomsbury —de hecho, en mi casa actual— y mi mujer estaba fuera con los suyos. Había quedado en ir con ella, pero a última hora surgió un asunto urgente: la introducción para una antología que había que sacar a la carrera y con gran premura antes de que otro editor se adueñara de la idea, y tuve que quedarme atrás para dejar la cosa más o menos encarrilada, ya que suponía un buen trabajo en el Museo Británico.
Cuando Lathom se presentó sobre la una en punto del día 19, le expliqué esto y le pedí disculpas por no tener nada de almuerzo que ofrecerle. Como a la mayoría de los hombres, y también de las mujeres, cuando se quedan solos, las comidas en solitario me parecían poco estimulantes. Al parecer, lo mismo le ocurría a «la muchacha», quien, hasta que mi mujer me dejó, me había