que nos bajaron, con veinte minutos de retraso, en el andén de Bovey Tracey. Eran las diez y cuarto y estaba oscuro, pero el olor de la tierra subía agradablemente, con una bienvenida sugerencia de lluvia en el aire. Me quedé en el andén, aferrando un portafolio en una mano y la bolsa con la carne y las salchichas en la otra, mientras Lathom resolvía algún asunto arcano con un hombre afuera. Luego volvió, diciendo brevemente: «Ya conseguí a alguien que nos lleve», y tropezamos hasta donde un taxi achacoso ronroneaba con pesadumbre en la penumbra. Lathom se metió de golpe, y acomodé mis maletas a sus pies.
—¿Qué diablos es eso? —dijo con irritación.
—La comida, cenutrio —dije, y entré detrás de él.
—Ah, sí, claro, lo había olvidado —dijo—. ¡Venga, vámonos, por el amor de Dios!
Acostumbrado a Lathom, pasé por alto su irritabilidad. Salimos a los tropezones.
El taxi olía a camposanto, y así se lo hice saber.
Lathom bajó la ventanilla de un golpe con un bufido de impaciencia. Comenté, tontamente, que no parecía muy entusiasmado con el viaje. Él dijo:
“Ay, no hables tanto”.
Me parecía que la perspectiva de volver a ver a Harrison lo había alterado bastante, y yo aguardaba un fin de semana exasperante.
“Te lo has querido, Georges Dandin”, pensé, y encendí un cigarrillo con resignación. El camino estrecho se levantaba y se hundía entre los oscuros setos, pero en conjunto ascendía, serpenteando con determinación hacia arriba y alrededor de la cresta. Alguna luz tenue y un racimo de tejados negros anunciaron la civilización, y Lathom se animó a decir: “Manaton;