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nydus/The Documents in the CasePublic
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2. Al mismo a lo mismo

pedir peras al olmo —o tal vez «cabezas maduras» sea más justo para conmigo misma. Pero ella es quizás un poco falta de tacto de vez en cuando, pobre chica, y dijo que si no leía los periódicos, ¿cómo iba a cultivar su mente? Por supuesto, yo sabía exactamente cuál sería la respuesta: las virtudes de la mujer hogareña a la antigua y el parloteo perpetuo de la mujer moderna sobre cosas que estaban fuera de su incumbencia. Es el tema fatal y, de una u otra manera, siempre parece surgir. La señora Harrison se sintió muy ofendida y dijo que, por supuesto, sabía que le era imposible estar a la altura de las perfecciones de la señora Harrison número 1. Entonces, claro, se armó la gorda. Fue muy típico de mujer tomárselo como algo personal. La señora Harrison se puso a llorar, y él dijo: «Por favor, no armes escena», salió y dio un portazo.

Lo que yo quería hacer era simplemente acercarme al señor Harrison y decirle: «Vamos, sea un poco humano. Adúlela un poco. Déjela llorar si quiere y luego arréglenlo y sean amigos».

Pero él no es el tipo de persona a la que uno pueda decirle esas cosas con facilidad. Pensaría que soy una impertinente. Y es verdad que nunca trae cuenta meterse entre marido y mujer.

Pero si tan solo me escuchara, sé que podría arreglar las cosas. En una vida como la mía una adquiere muchísima experiencia —los que miran de fuera ven más del juego, ya sabe— y la señora Harrison estaría más que dispuesta a encariñarse con él, con tal de que le diera la oportunidad.

A menudo, muy a menudo, la he visto agotarse durante horas para apelar a sus sentimientos, pero él los recibe con tanta frialdad. Por alguna razón nunca parece ser el momento adecuado. Siempre está absorto en su pintura, en su historia natural o en cualquier otra cosa. ¡Qué verdad es que los hombres viven por las Cosas y las mujeres por las Personas!

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