cuadros o muebles hermosos. Cabe suponer que a cada hombre se le permitirá tomar los lujos que le correspondan en la forma que prefiera, fijándose los precios relativos de modo que se iguale la demanda. En un mundo así, el estímulo económico para la producción habrá desaparecido por completo, y si el trabajo ha de continuar, deberá ser por otros motivos.42
¿Es posible semejante sistema? Primero, ¿es técnicamente posible proporcionar las necesidades de la vida en cantidades tan grandes como las que se requerirían si cada hombre y cada mujer pudiera tomar de los almacenes públicos tanto como él o ella deseara?
La idea de la compra y el pago nos es tan familiar que la propuesta de prescindir de ella debe parecer fantástica a primera vista. Sin embargo, no creo que sea ni mucho menos tan fantástica como parece.
Aunque todos pudiéramos tener pan gratis, no desearíamos más que una cantidad bastante limitada.
Tal como están las cosas, el coste del pan para los ricos representa una proporción tan pequeña de sus ingresos que prácticamente no frena su consumo; sin embargo, la cantidad de pan que consumen podría ser suministrada fácilmente a toda la población mediante métodos mejorados de agricultura (no hablo de tiempos de guerra).
La cantidad de alimento que la gente desea tiene límites naturales, y el desperdicio en el que se incurriría probablemente no sería muy grande.
Como señalan los anarquistas, hoy en día la gente disfruta de un suministro ilimitado de agua, pero muy pocos dejan los grifos abiertos cuando no los están usando. Y cabe suponer que la opinión pública se opondría al despilfarro excesivo.
Podemos sentar como principio, creo yo, que el principio de provisión ilimitada podría adoptarse con respecto a todas aquellas mercancías cuya