La envidia, la tercera de las causas psicológicas a las que atribuimos lo que hay de malo en el mundo actual, depende en la mayoría de las naturalezas de ese tipo de descontento fundamental que surge de la falta de libre desarrollo, del instinto frustrado y de la imposibilidad de realizar una felicidad imaginada.
La envidia no puede curarse con prédicas; en el mejor de los casos, la prédica solo alterará sus manifestaciones y la llevará a adoptar formas de ocultamiento más sutiles. Salvo en esas raras naturalezas en las que la generosidad domina a pesar de las circunstancias, el único remedio para la envidia es la libertad y la alegría de vivir.
De poblaciones en gran medida privadas de los sencillos placeres instintivos del ocio y el amor, la luz del sol y los campos verdes, apenas cabe esperar generosidad de miras y bondad de carácter.
En tales poblaciones no es probable que se encuentren estas cualidades, ni siquiera entre los pocos afortunados, pues estos pocos son conscientes, por vagamente que sea, de que se benefician de una injusticia, y de que solo pueden seguir disfrutando de su buena fortuna ignorando deliberadamente a aquellos con quienes no se comparte.
Si la generosidad y la amabilidad han de ser comunes, debe haber mayor preocupación que en la actualidad por las necesidades elementales de la naturaleza humana, y una mayor comprensión de que la difusión de la felicidad entre todos los que no son víctimas de alguna desgracia peculiar es tanto posible como imperativa. Un mundo lleno de felicidad no desearía lanzarse a la guerra, y no estaría saturado de esa hostilidad rencorosa que nuestra existencia limitada y estrecha impone a la naturaleza humana promedio.