están arraigadas en la libertad mutua, donde no hay dominación ni esclavitud, ningún vínculo excepto el afecto, ninguna necesidad económica o convencional para preservar la apariencia externa cuando la vida interior ha muerto. Una de las cosas más horribles del comercialismo es la forma en que envenena las relaciones entre hombres y mujeres. Los males de la prostitución son generalmente reconocidos, pero, por grandes que sean, el efecto de las condiciones económicas sobre el matrimonio me parece aún peor. No es infrecuente en el matrimonio un dejo de compra, de adquirir a una mujer a condición de mantenerla en cierto nivel de comodidad material. Una y otra vez, el matrimonio apenas se diferencia de la prostitución, salvo por ser más difícil de eludir.
La base entera de estos males es económica. Las causas económicas hacen del matrimonio un asunto de regateo y contrato, en el cual el afecto es totalmente secundario, y su ausencia no constituye ningún motivo reconocido para la liberación.
El matrimonio debería ser un encuentro libre y espontáneo de instinto mutuo, lleno de felicidad no exenta de un sentimiento cercano al asombro: debería implicar ese grado de respeto mutuo que hace que hasta la interferencia más trivial en la libertad sea una absoluta imposibilidad, y que una vida en común impuesta por uno contra la voluntad del otro sea algo inconcebible de profunda repugnancia.
No es verdad que el matrimonio sea concebido por los abogados que redactan capitulaciones, ni por los sacerdotes que dan el nombre de «sacramento» a una institución que pretende encontrar algo santificable en las brutales lujurias o las crueldades borrachas de un marido legal. No es con un espíritu de libertad como la mayoría de los hombres y mujeres conciben el matrimonio en la actualidad: la ley hace de él una