las naciones. Se designarían administradores de los que se esperaría que guardasen silencio sobre sus métodos. A los entrometidos que informaran sobre horrores no se les creería, y se diría que están movidos por el odio hacia el régimen existente y por un amor perverso hacia cualquier país que no sea el suyo. > Sin duda, en el primer entusiasmo generoso que acompañara al establecimiento del nuevo régimen en la metrópoli, existiría la mejor intención de hacer felices a los nativos, pero gradualmente se les iría olvidando, y solo se recordaría el tributo procedente
No digo que todos estos males sean inevitables; solo digo que no se evitarán a menos que se prevean y se haga un esfuerzo deliberado y consciente para impedir su materialización.
Si las comunidades blancas llegaran alguna vez al punto de desear llevar tan lejos como sea posible los principios que subyacen a la revuelta contra el capitalismo, tendrán que encontrar el modo de establecer un desinterés absoluto en sus tratos con las razas sometidas.
Será necesario evitar el más mínimo indicio de beneficio capitalista en el gobierno de África, y gastar en los propios países todo lo que podrían gastar si se gobernaran a sí mismos.
Además, debe recordarse siempre que el atraso en la civilización no es necesariamente incurable, y que con el tiempo incluso las poblaciones de África Central pueden llegar a ser capaces de un autogobierno democrático, siempre y cuando los europeos consagren sus energías a este fin.
El problema de África es, por supuesto, una parte de los problemas más amplios del imperialismo, pero es aquella parte en la que la aplicación de los principios socialistas resulta más difícil.