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CAPÍTULO VII — LA CIENCIA Y EL ARTE BAJO EL SOCIALISMO

reverencia, pero nada de este sentimiento se otorga a los artículos de los cuales se deriva su riqueza. En una sociedad que mide todas las cosas por el dinero, lo mismo tiende a suceder con el artista. Si se ha vuelto rico, se le respeta, aunque por supuesto menos que al millonario, pero sus cuadros, sus libros o su música son considerados como se consideran la goma de mascar o los ganchos para botones, meramente como un medio para obtener dinero. En semejante atmósfera le es muy difícil al artista preservar puro su impulso creador: o se ve contaminado por su entorno, o se amarga por la falta de aprecio hacia el objeto de su

No es tanto la apreciación del artista lo que se necesita, como la apreciación del arte.

Es difícil para un artista vivir en un entorno en el que todo se juzga por su utilidad, en lugar de por su cualidad intrínseca.

Ese aspecto entero de la vida del cual el arte es la flor requiere algo que puede llamarse desinterés, una capacidad de disfrute directo sin pensar en los problemas y dificultades del mañana.

Cuando a la gente le divierte un chiste, no necesita que la persuadan de que va a servir para algún propósito importante. El mismo tipo de placer directo está presente en cualquier apreciación genuina del arte. La lucha por la vida, el trabajo serio de un oficio o profesión, tiende a volver a la gente demasiado solemne para los chistes y demasiado ocupada para el arte.

El alivio de la lucha, la reducción en las horas de trabajo y el aligeramiento de la carga de la existencia, que resultarían de un mejor sistema económico, difícilmente dejarían de incrementar la alegría de vivir y la energía vital disponibles para el mero deleite en el mundo.

Y si esto se lograra, habría inevitablemente un placer más espontáneo en las cosas bellas y un mayor disfrute de la obra de los artistas.

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