Es cierto que la pobreza es un gran mal, pero no es cierto que la prosperidad material sea en sí misma un gran bien. Si ha de tener algún valor real para la sociedad, debe convertirse en un medio para el avance de aquellos bienes superiores que pertenecen a la vida del espíritu.
Pero la vida de la mente no consiste únicamente en el pensamiento y el conocimiento, ni puede estar completamente sana a menos que mantenga algún contacto instintivo, por muy profundamente enterrado que esté, con la vida general de la comunidad.
Desvinculado del instinto social, el pensamiento, al igual que el arte, tiende a volverse remilgado y preciosista. Es la postura de aquel arte y pensamiento que se hallan imbuidos del sentido instintivo de servicio a la humanidad la que deseamos examinar, pues es solo esto lo que compone la vida de la mente en el sentido en que constituye una parte vital de la vida de la comunidad.
¿Favorecerá o entorpecerá el socialismo la vida del espíritu en este sentido? ¿Y seguirá habiendo un estímulo suficiente para el progreso que evite un estado de inmovilidad bizantina?
Al considerar esta cuestión nos estamos situando, en cierto sentido, fuera de la atmósfera de la democracia. El bien general de la comunidad se realiza únicamente en los individuos, pero se realiza de manera mucho más plena en unos individuos que en otros. Algunos hombres poseen un intelecto abarcador y penetrante, que les permite apreciar y recordar lo que ha sido pensado y conocido por sus predecesores, y descubrir nuevas regiones en las que disfrutan de todos los elevados deleites del explorador mental. Otros tienen el poder de crear belleza, dando forma corpórea a visiones impalpables de las cuales brota la alegría para muchos.