lo que los Sindicatos son capaces de arrancar, se convirtieran gradualmente en comunidades autogobernadas, en las que los productores pudieran decidir todas las cuestiones de métodos, condiciones, horas de trabajo y demás, habría un cambio casi ilimitado para mejor: la mugre y el ruido podrían eliminarse casi por completo, la fealdad de las regiones industriales podría transformarse en belleza, el interés por los aspectos científicos de la producción podría difundirse entre todos los productores con alguna inteligencia innata, y algo de la alegría del artista en la creación podría inspirar la totalidad del trabajo. Todo esto, que en la actualidad está absolutamente alejado de la realidad, podría ser producido por el autogobierno económico. Podemos admitir que por tales medios una proporción muy grande del trabajo necesario del mundo podría llegar a hacerse finalmente lo suficientemente agradable como para ser preferida a la ociosidad incluso por hombres cuya mera subsistencia estuviera asegurada, trabajasen o no. En cuanto al resto, admitamos que habría que dar recompensas especiales, ya sea en bienes, honores o privilegios, a quienes lo emprendieran. Pero esto no tiene por qué suscitar ninguna objeción fundamental.
Habría, por supuesto, una cierta proporción de la población que preferiría la ociosidad. Siempre que dicha proporción fuera pequeña, esto no tendría por qué importar. Y entre aquellos que serían clasificados como ociosos se podría incluir a artistas, escritores de libros, hombres dedicados a ocupaciones intelectuales abstractas; en resumen, a todos aquellos a quienes la sociedad desprecia mientras viven y honra cuando han muerto. Para tales hombres, la posibilidad de proseguir con su propio trabajo sin importar el reconocimiento público de su utilidad sería de un valor incalculable. Quienquiera que observe cuántos de nuestros poetas han