de tratarse el delito? ¿Cuál es la mayor medida de humanidad y respeto por la libertad que es compatible con el reconocimiento de algo semejante al delito?
Lo primero que hay que reconocer es que toda la concepción de la culpa o el pecado debe ser barrida por completo. En la actualidad, el criminal es castigado con el disgusto de la comunidad: el único método que se aplica para impedir que el delito se cometa es infligir dolor al criminal.
Se hace todo lo posible para quebrantar su espíritu y destruir su respeto propio. Incluso aquellos placeres que tendrían más probabilidades de producir un efecto civilizador se le prohíben, meramente bajo el pretexto de que son placeres, mientras que gran parte del sufrimiento infligido es de una clase que solo puede brutalizarlo y degradarlo aún más.
No estoy hablando, por supuesto, de aquellas pocas instituciones penitenciarias que han hecho un estudio serio de la reforma del delincuente. Tales instituciones, especialmente en América, han demostrado ser capaces de lograr los resultados más notables, pero siguen siendo en todas partes excepcionales.
La regla general sigue siendo que se hace sentir al criminal el desagrado de la sociedad. Debe salir de tal trato ya sea desafiante y hostil, o sumiso y servil, con el espíritu quebrantado y una pérdida de autoestima.
Ninguno de estos resultados es otra cosa que un mal. Tampoco se puede lograr ningún resultado bueno mediante un método de tratamiento que encarne la reprobación.
Cuando un hombre padece una enfermedad infecciosa es un peligro para la comunidad, y es necesario restringir su libertad de movimientos. Pero a tal situación nadie asocia ninguna idea de culpa. Por el contrario, es objeto de compasión por parte de sus amigos. Se toman las medidas que la ciencia recomienda para curarle de su enfermedad, y por regla general