Cada vez resulta más difícil confiar en el Estado como medio para alcanzar la libertad, o en los partidos políticos como instrumentos lo suficientemente poderosos como para obligar al Estado a ponerse al servicio del pueblo. El Estado moderno, dice Sorel, «es un cuerpo de intelectuales, investido de privilegios y provisto de medios de los llamados políticos para defenderse de los ataques que le dirigen otros grupos de intelectuales, ávidos de disfrutar de los beneficios del empleo público. Los partidos se constituyen para la conquista de estos empleos y son análogos al Estado».10
Los sindicalistas aspiran a organizar a los hombres no por partidos, sino por ocupación. Esto, afirman, es lo único que representa la verdadera concepción y el método de la lucha de clases.
En consecuencia, desprecian toda acción POLÍTICA a través del Parlamento y de las elecciones; el tipo de acción que recomiendan es la acción directa del sindicato revolucionario.
El grito de batalla de la acción industrial frente a la política se ha extendido mucho más allá de las filas del sindicalismo francés. Se encuentra en los I. W. W. en América, y entre los sindicalistas industriales y los socialistas de gremio en Gran Bretaña.
Quienes la defienden, en su mayoría, aspiran también a una meta diferente a la de Marx. Creen que no puede haber una libertad individual adecuada donde el Estado sea todopoderoso, incluso si el Estado es socialista. Algunos de ellos son anarquistas convencidos que desean ver el Estado totalmente abolido; otros solo desean recortar su autoridad.
Debido a este movimiento, la oposición a Marx, que desde el lado anarquista existió desde el principio, se ha vuelto muy fuerte. Es esta oposición en su forma más antigua la que nos ocupará en nuestro próximo capítulo.