acciones sean realmente aquellas que resultan dañinas para la comunidad, como lo es que el tratamiento de los «delincuentes» se libere de la noción de culpabilidad y se inspire en el mismo espíritu que se muestra en el tratamiento de la enfermedad. Pero, si se cumplieran estas dos condiciones, no puedo evitar pensar que una sociedad que preservara la existencia de la ley sería preferible a una dirigida bajo los principios sin adulterar del anarquismo.
Hasta ahora hemos estado considerando el poder que el Estado deriva del derecho penal. Tenemos todas las razones para pensar que este poder no puede ser enteramente abolido, aunque puede ser ejercido con un espíritu totalmente diferente, sin la vindictividad y la reprobación moral que ahora constituyen su esencia.
Pasamos a continuación a considerar el poder económico del Estado y la influencia que este puede ejercer a través de su burocracia. Los socialistas de Estado argumentan como si no hubiera ningún peligro para la libertad en un Estado no basado en el capitalismo. Esto me parece una absoluta ilusión.
Dada una casta oficial, sea cual fuere su modo de selección, surgirá inevitablemente un grupo de hombres cuyos instintos les empurjarán hacia la tiranía. Junto con el amor natural al poder, tendrán la firme convicción (visible ya en las altas esferas de la administración pública) de que solo ellos saben lo suficiente como para poder juzgar qué es lo mejor para la comunidad.
Como todos los hombres que administran un sistema, llegarán a sentir que el sistema en sí es sacrosanto. Los únicos cambios que desearán serán modificaciones en la dirección de un mayor número de regulaciones sobre cómo el pueblo debe disfrutar de las cosas buenas amablemente concedidas por sus benévolos déspotas.