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CAPÍTULO VII — LA CIENCIA Y EL ARTE BAJO EL SOCIALISMO

Muchos miembros de las clases acomodadas hoy en día, a pesar de tener oportunidades, no aportan nada de valor a la vida del mundo y ni siquiera logran procurarse una felicidad personal que merezca llamarse así. La multiplicación de tales individuos sería un logro de valor sumamente ínfimo; y si el socialismo se limitara a otorgar a todos el tipo de vida y perspectiva de que disfrutan ahora los más apáticos entre los bien situados, ofrecería muy poco capaz de inspirar entusiasmo en cualquier espíritu generoso.

«El verdadero papel de la existencia colectiva —dice M. Naquet,^57— . . . es aprender, descubrir, conocer. Comer, beber, dormir, vivir, en una palabra, es un mero accesorio. A este respecto, no nos diferenciamos de la bestia. El conocimiento es la meta. Si estuviera condenado a elegir entre una humanidad materialmente feliz, saciada a la manera de un rebaño de ovejas en un prado, y una humanidad existente en la miseria, pero de la cual emanara, aquí y allá, alguna verdad eterna, es sobre esta última en la que recaería mi elección».

Esta afirmación presenta la alternativa de una forma tan extrema que resulta un tanto irreal.

Se puede responder que para quienes han tenido el tiempo libre y la oportunidad de disfrutar de las «verdades eternas», es fácil ensalzar su importancia a expensas de los sufrimientos que recaen sobre los demás.

Esto es verdad; pero, si se considera que con ello se zanja la cuestión, se pasa por alto la importancia del pensamiento para el progreso.

Si se considera la vida de la humanidad en su conjunto, tanto en el futuro como en el presente, no cabe duda de que una sociedad en la que unos hombres persiguen el conocimiento mientras otros soportan una gran pobreza ofrece más esperanza de un bien definitivo que una sociedad en la que todos están sumidos en un cómodo ocio.

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