La represión definitiva de la facción de Bakunin se produjo en el Congreso General de la Internacional celebrado en La Haya en 1872. El lugar de reunión fue elegido por el Consejo General (en el que Marx no tenía oposición), con la intención —según sostienen los amigos de Bakunin— de hacer que el acceso fuera imposible para Bakunin (debido a la hostilidad de los gobiernos francés y alemán) y difícil para sus amigos. Bakunin fue expulsado de la Internacional como resultado de un informe que lo acusaba, entre otras cosas, de robo respaldado por la intimidación.
La ortodoxia de la Internacional quedó a salvo, pero a costa de su vitalidad. A partir de este momento, dejó de ser por sí misma una potencia, pero ambas secciones continuaron trabajando en sus diversos grupos, y los grupos socialistas en particular crecieron rápidamente.
A la postre se formó una nueva Internacional (1889) que continuó hasta el estallido de la presente guerra. En cuanto al futuro del socialismo internacional, sería imprudente profetizar, aunque parecería que la idea internacional ha adquirido la fuerza suficiente como para necesitar de nuevo, tras la guerra, algún medio de expresión similar al que encontró antes en los congresos socialistas.
Por entonces la salud de Bakunin estaba quebrantada y, salvo por unos breves intervalos, vivió retirado hasta su muerte en 1876.
La vida de Bakunin, a diferencia de la de Marx, fue muy agitada. Todo tipo de rebelión contra la autoridad despertaba siempre su simpatía, y al apoyarla jamás prestó la más mínima atención al riesgo personal. Su influencia, sin duda muy grande, surgió principalmente a través del influjo de su personalidad sobre individuos importantes.