Expresado en términos más familiares, el plan que defendemos equivale esencialmente a esto: que se garantice un cierto ingreso pequeño, suficiente para lo necesario, a todos, trabajen o no, y que un ingreso mayor, tan mayor como lo permita la cantidad total de bienes producidos, se entregue a aquellos que estén dispuestos a realizar algún trabajo que la comunidad reconozca como útil.
Sobre esta base podemos seguir construyendo. No creo que siempre sea necesario pagar más un trabajo que requiera mayor cualificación o que se considere socialmente más útil, ya que dicho trabajo es más interesante y más respetado que el trabajo ordinario, y por lo tanto a menudo será preferido por quienes son capaces de realizarlo.
Pero podríamos, por ejemplo, dar un ingreso intermedio a aquellos que solo estén dispuestos a trabajar la mitad del número habitual de horas, y un ingreso superior al de la mayoría de los trabajadores a quienes elijan un oficio especialmente desagradable. Tal sistema es perfectamente compatible con el socialismo, aunque quizás difícilmente con el anarquismo.
De sus ventajas hablaremos más adelante. Por el momento me conformo con insistir en que combina la libertad con la justicia, y evita aquellos peligros para la comunidad que hemos descubierto que acechan tanto en las propuestas de los anarquistas como en las de los socialistas ortodoxos.