Vimos que, siempre que la mayoría de la gente trabaje con moderación, y su trabajo sea tan productivo como la ciencia y la organización puedan hacerlo, no hay una buena razón por la cual los bienes de primera necesidad no deban suministrarse gratuitamente a todos. Nuestra única duda seria era si, en un régimen anarquista, los motivos para el trabajo serían lo suficientemente poderosos como para evitar una cantidad peligrosamente grande de ociosidad.
Pero sería fácil decretar que, aunque lo necesario fuese gratuito para todos, todo lo que excediera de lo necesario solo se entregara a quienes estuvieran dispuestos a trabajar —no, como es habitual hoy en día, únicamente a quienes trabajan en un momento dado, sino también a todos aquellos que, cuando diera la casualidad de que no estaban trabajando, estuvieran ociosos sin culpa propia. Vemos hoy en día que un hombre que tiene un pequeño ingreso por inversiones, apenas suficiente para preservarlo