placentero. Mientras el trabajo no se haga placentero en su conjunto, no se puede decir que se haya alcanzado nada parecido a un buen estado de sociedad. ¿Es inevitable lo doloroso del trabajo?
En la actualidad, el trabajo mejor pagado, el de las clases empresariales y profesionales, es en su mayor parte agradable. No quiero decir que cada momento aislado sea ameno, sino que la vida de un hombre que tiene un trabajo de esta índole es, en conjunto, más dichosa que la de alguien que disfruta de una renta igual sin hacer ningún trabajo.
Cierta dosis de esfuerzo, y algo parecido a una carrera continua, le son necesarios a los hombres vigorosos si han de preservar su salud mental y su entusiasmo por la vida.
Una cantidad considerable de trabajo se realiza sin remuneración. Las personas que tienen una visión optimista de la naturaleza humana podrían haber supuesto que los deberes de un magistrado se contarían entre los oficios desagradables, como limpiar alcantarillas; pero un cínico podría sostener que los placeres de la vindicta y de la superioridad moral son tan grandes que no hay dificultad en encontrar caballeros acomodados y maduros dispuestos, sin paga, a enviar a desdichados indefensos a la tortura de la prisión.
Y, aparte del disfrute del trabajo en sí, el deseo de contar con la buena opinión de los vecinos y con la sensación de eficacia es más que suficiente para mantener activos a muchos hombres.
Pero, se dirá, la clase de trabajo que un hombre elegiría voluntariamente debe ser siempre excepcional: la gran masa del trabajo necesario nunca podrá ser otra cosa que dolorosa. ¿Quién elegiría, si tuviera a su alcance una vida fácil, ser minero del carbón o fogonero en un transatlántico? Creo que hay que admitir que gran parte del trabajo necesario ha de seguir siendo siempre desagradable o al menos dolorosamente