nueva ley mientras esta se encontraba en debate, por regla general, se someterán a ella una vez aprobada, puesto que la resistencia suele ser inútil en una comunidad asentada y ordenada. Pero la posibilidad de la fuerza gubernamental permanece y, de hecho, es la razón misma de la sumisión que hace innecesaria dicha fuerza. Si, como desean los anarquistas, el gobierno no hiciera uso de la fuerza, la mayoría aún podría unirse y emplear la fuerza contra la minoría. La única diferencia sería que su ejército o su fuerza policial serían ad hoc, en lugar de permanentes y profesionales. El resultado de esto sería que todo el mundo tendría que aprender a luchar, por miedo a que una minoría bien adiestrada pudiera tomar el poder y establecer un Estado oligárquico a la antigua usanza. Así pues, el objetivo de los anarquistas parece difícilmente alcanzable mediante los métodos que defienden.
El reino de la violencia en los asuntos humanos, ya sea dentro de un país o en sus relaciones externas, solo puede evitarse, si no nos hemos equivocado, mediante una autoridad capaz de declarar ilegal todo uso de la fuerza que no provenga de ella misma, y lo suficientemente fuerte como para ser obviamente capaz de hacer que cualquier otro uso de la fuerza sea inútil, excepto cuando pueda asegurar el apoyo de la opinión pública como defensa de la libertad o resistencia a la injusticia. Tal autoridad existe dentro de un país: es el Estado. Pero en los asuntos internacionales aún está por crearse. Las dificultades son colosales, pero deben superarse si se quiere salvar al mundo de guerras periódicas, cada una más destructiva que cualquiera de sus predecesoras. Si después de esta guerra se formará o no una Sociedad de Naciones, y si será capaz de cumplir esta tarea, es todavía imposible de predecir. Sea