La cuestión del número de horas de trabajo necesarias para producir el bienestar material general es en parte técnica y en parte de organización. Podemos suponer que ya no habría trabajo improductivo gastado en armamentos, defensa nacional, publicidad, lujos costosos para los muy ricos ni en ninguna de las otras inutilidades inherentes a nuestro sistema competitivo.
Si cada gremio industrial asegurara durante un cierto número de años las ventajas, o parte de las ventajas, de cualquier nuevo invento o método que introdujera, es casi seguro que se fomentaría al máximo el progreso técnico. La vida de un descubridor o inventor es en sí misma agradable tal como están las cosas ahora, quienes la adoptan rara vez se sienten muy impulsados por motivos económicos, sino más bien por el interés en el trabajo junto con la esperanza de obtener honor; y estos motivos actuarían de manera más amplia que en la actualidad, ya que habría menos personas a quienes las necesidades económicas impidieran obedecerlos.
Y no cabe duda de que el intelecto funcionaría con mayor agudeza y creatividad en un mundo donde el instinto estuviera menos frustrado, donde la alegría de vivir fuera mayor y donde, en consecuencia, hubiera más vitalidad en los seres humanos que en el presente.
Queda la cuestión de la población, la cual, desde los tiempos de Malthus, ha sido el último refugio de aquellos a quienes les desagrada la posibilidad de un mundo mejor. Pero esta cuestión es hoy muy distinta de lo que era hace cien años. La disminución de la natalidad en todos los países civilizados, que es casi seguro que continúe, cualquiera que sea el sistema económico que se adopte, sugiere que, especialmente cuando se tienen en cuenta los probables efectos de la guerra, no es probable que la población de Europa occidental aumente mucho más allá de su nivel actual, y es probable que la de América solo aumente a través de la inmigración.