Es innegable que el gobierno de una mayoría puede ser casi tan hostil a la libertad como el gobierno de una minoría: el derecho divino de las mayorías es un dogma que posee tan poca verdad absoluta como cualquier otro. Un Estado democrático fuerte puede ser conducido fácilmente a la opresión de sus mejores ciudadanos, a saber, aquellos cuya independencia mental los convertiría en una fuerza para el progreso. La experiencia del gobierno parlamentario democrático ha demostrado que se queda muy corto respecto a lo que los primeros socialistas esperaban de él, y la revuelta anarquista en su contra no resulta sorprendente. Pero, bajo la forma del anarquismo puro, esta revuelta ha permanecido débil y esporádica. Es el sindicalismo, y los movimientos a los que el sindicalismo ha dado lugar, lo que ha popularizado la revuelta contra el gobierno parlamentario y los medios puramente políticos para emancipar al asalariado. Pero este movimiento debe abordarse en un capítulo aparte.
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CAPÍTULO II — BAKUNIN Y EL ANARQUISMO
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