autopreservación. La maquinaria engorrosa de las decisiones deliberativas por parte del pueblo es imposible en una crisis y, por lo tanto, mientras sea probable que ocurran crisis, resulta imposible abolir el poder casi autocrático de los gobiernos. En este caso, como en la mayoría de los demás, cada uno de dos males correlativos tiende a perpetuar al otro. La existencia de hombres habituados al poder aumenta el riesgo de guerra, y el riesgo de guerra hace imposible establecer un sistema donde ningún hombre posea un gran poder.
Hasta ahora hemos estado considerando lo que hay de verdad en la tesis de que el capitalismo causa las guerras modernas. Ha llegado el momento de ver la otra cara y preguntarnos si la abolición del capitalismo bastaría, por sí sola, para prevenir la guerra.
Yo no creo que este sea el caso. La perspectiva tanto de los socialistas como de los anarquistas me parece, en este aspecto como en algunos otros, excesivamente divorciada de los instintos fundamentales de la naturaleza humana.
Hubo guerras antes de que existiera el capitalismo, y la lucha es habitual entre los animales. El poder de la prensa para promover la guerra se debe enteramente al hecho de que es capaz de apelar a ciertos instintos. El hombre es naturalmente competitivo, adquisitivo y, en mayor o menor grado, belicoso.
Cuando la Prensa le dice que fulano de tal es su enemigo, todo un conjunto de instintos en su interior responde a la sugerencia. Es natural para la mayoría de los hombres suponer que tienen enemigos y hallar cierta plenitud en su naturaleza cuando se embarcan en una contienda. Lo que un hombre cree basándose en pruebas flagrantemente insuficientes es un indicador de sus deseos, deseos de los cuales él mismo suele no ser consciente.