Eran hombres corrientes, no Cíclopes. Llegado cierto punto, su fuerza de trabajo fallaba. El estupor se apoderaba de ellos. Su cerebro dejaba de pensar, sus ojos de ver. Los jurados británicos, perfectamente "respetables", respondieron con un veredicto que los remitió a las siguientes sesiones judiciales ( assizes ) bajo la acusación de homicidio imprudente y, en una amable "aclaración" ( rider ) a su veredicto, expresaron la piadosa esperanza de que los magnates capitalistas de los ferrocarriles fueran en el futuro más pródigos en la compra de una cantidad suficiente de fuerza de trabajo, y más "abstemios", más "abnegados", más "ahorrativos" en el agotamiento de la fuerza de trabajo pagada.5
En la última semana de junio de 1863, todos los periódicos diarios de Londres publicaron un párrafo con el titular «sensacional»: «Muerte por simple exceso de trabajo». Trataba sobre la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de 20 años de edad, empleada en un establecimiento de costura sumamente respetable y explotada por