En todos los grandes países del continente, a excepción de Rusia, una revolución siguió rápidamente a la publicación del Manifiesto Comunista, pero la revolución no fue económica ni internacional, excepto al principio en Francia.
En todas partes estuvo inspirada por las ideas del nacionalismo. En consecuencia, los gobernantes del mundo, aterrorizados momentáneamente, pudieron recuperar el poder fomentando las enemistades inherentes a la idea nacionalista, y en todas partes, tras un triunfo muy breve, la revolución terminó en guerra y reacción.
Las ideas del Manifiesto Comunista aparecieron antes de que el mundo estuviera preparado para ellas, pero sus autores vivieron para ver los comienzos del crecimiento de ese movimiento socialista en todos los países, que ha avanzado con fuerza creciente, influenciando cada vez más a los Gobiernos, dominando la Revolución rusa y capaz tal vez de lograr en un futuro no muy lejano ese triunfo internacional al que las últimas frases del Manifiesto convocan a los asalariados del mundo.
La obra magna de Marx, «El Capital», añadió peso y sustancia a las tesis del Manifiesto Comunista. Aportó la teoría de la plusvalía, que pretendía explicar el mecanismo real de la explotación capitalista.
Esta doctrina es muy complicada y apenas resulta sostenible como contribución a la teoría pura. Debe considerarse más bien como la traducción a términos abstractos del odio con que Marx contemplaba el sistema que acuña riqueza a partir de las vidas humanas, y es en este espíritu, más que en el de un análisis desinteresado, como ha sido leída por sus admiradores.
Un examen crítico de la teoría de la plusvalía requeriría una discusión ardua y abstracta de teoría económica pura sin tener gran incidencia en la verdad o falsedad práctica del socialismo; por ello, ha parecido imposible dentro de los límites del presente volumen.