—Símonov, vi que tenía dinero. ¿Por qué me lo niega? ¿Acaso soy un bribón? ¡Cuídese de negármelo!: ¡si usted supiera, si supiera por qué se lo pido! ¡De ello depende todo mi porvenir, todos mis planes!
Símonov sacó el dinero y casi me lo arrojó.
—¡Tómalo, si no tienes vergüenza! —pronunció sin piedad, y echó a correr para alcanzarlos.
Me quedé un momento a solas.
Desorden, los restos de la cena, una copa de vino rota en el suelo, vino derramado, colillas, vapores de alcohol y delirio en mi cerebro, una miseria agonizante en mi corazón y, por fin, el camarero, que lo había visto y oído todo y me miraba con curiosidad a la cara.
—¡Voy a ir allá! —grité—. ¡O todos se arrodillan a implorar mi amistad, o le doy una bofetada a Zvérkov!