Jamás pude soportть más de tres meses seguidos de ensoñaciones sin sentir un deseo irresistible de sumergirme en la sociedad.
Sumergirme en la sociedad significaba visitar a mi superior en la oficina, Antón Antónitch Siétotchkin. Él ha sido el único conocido permanente que he tenido en mi vida, y ahora yo mismo me extraño de ello.
Pero solo iba a verle cuando me sobrevenía esa fase, y cuando mis sueños habían alcanzado un punto tal de bienaventuranza que se volvía indispensable abrazar de inmediato a mis semejantes y a toda la humanidad; y para tal fin necesitaba, al menos, de un ser humano que existiera realmente.
Sin embargo, tenía que visitar a Antón Antónitch en martes —su día de recibir visitas—, de modo que siempre debía calcular mi deseo apasionado de abrazar a la humanidad para que coincidiera precisamente en martes.
Este Antón Antónitch vivía en el cuarto piso de una casa en Cinco Esquinas, en cuatro habitaciones bajas, una más pequeña que la otra, de aspecto especialmente frugal y cetrino. Tenía dos hijas y su tía, que solía servir el té. De las hijas, una tenía trece años y otra catorce, ambas con narices respingonas, y a mí me daban muchísimo corte porque siempre estaban susurrando y riendo juntas. El dueño de la casa solía sentarse en su estudio, en un sofá de cuero frente a la mesa, con algún caballero canoso, por lo general un colega de nuestra oficina o de algún otro departamento. Jamás vi allí a más de dos o tres visitantes, siempre los mismos. Hablaban sobre los impuestos especiales; sobre asuntos del senado, sobre sueldos, sobre ascensos, sobre Su Excelencia y los mejores medios para congraciarse con él, y así sucesivamente.