Sin dar explicaciones, como si yo, en calidad de especie de ser superior, debiera comprenderlo todo sin explicaciones, me tendió un papel. En aquel instante, todo su rostro resplandecía literalmente de un triunfo ingenuo, casi infantil. Lo desdoblé. Era una carta que le había dirigido un estudiante de medicina o alguien por el estilo: una carta de amor muy grandilocuente y florida, pero sumamente respetuosa. No recuerdo las palabras ahora, pero recuerdo muy bien que a través de las frases ampulosas se dejaba ver un sentimiento genuino, que no se puede fingir.
Cuando hube terminado de leerlo, me encontré con sus ojos brillantes, inquisitivos y de una impaciencia infantil fijos en mí.
Clavó sus ojos en mi rostro y esperó impaciente lo que yo fuera a decir.
En pocas palabras, deprisa, pero con una especie de alegría y orgullo, me explicó que había estado en un baile en alguna casa particular, una familia de «gente muy agradable, que no sabía nada, absolutamente nada, pues ella acababa de llegar y todo aquello había ocurrido… y no se había decidido a quedarse y desde luego se marcharía en cuanto hubiera pagado su deuda…» y que en aquella fiesta había estado el estudiante, que había bailado con ella toda la noche.
Él le había hablado, y resultó que la conocía de los viejos tiempos en Riga cuando era un niño, habían jugado juntos, pero hacía muchísimo tiempo…, y conocía a sus padres, ¡pero de esto no sabía nada, absolutamente nada, y no sospechaba nada!
Y al día siguiente del baile (hace tres días) le había enviado aquella carta por medio de la amiga con la que había ido a la fiesta… y…, bueno, eso era todo.
Bajó sus brillantes ojos con una especie de timidez al terminar.
La pobre muchacha guardaba la carta de aquel estudiante como un tesoro precioso, y había corrido a buscarla, su único tesoro, porque no