aislada. Del resto me había olvidado por completo hacia la noche; lo había descartado todo y seguía plenamente satisfecho con mi carta a Símonov. Pero en este punto no estaba satisfecho en absoluto. Era como si solo me preocupara Liza. «Y si viene —pensaba sin cesar—, bueno, ¡no importa, que venga! ¡Mjum! Es horrible que vea, por ejemplo, cómo vivo. Ayer le parecí todo un héroe, mientras que ahora, ¡mjum! Es horrible, sin embargo, haberme descuidado tanto, la habitación parece la de un mendigo. ¡Y me atreví a salir a comer con un traje así! Y mi sofá de cuero americano con el relleno saliendo por fuera. Y mi bata, que no me cubre, hecha unos andrajos, y ella verá todo esto y verá a Apollon. Esa bestia seguro que la insulta. Se ensañará con ella para serme grosero. Y yo, por supuesto, me aterrorizaré como de costumbre, empezaré a hacerle reverencias y genuflexiones, y a abrocharme la bata, empezaré a sonreír, a decir mentiras. ¡Oh, qué vileza! ¡Y lo peor no es la vileza en sí! ¡Hay algo más importante, más repugnante, más vil! ¡Sí, más vil! ¡Y volver a ponerme esa máscara deshonesta y mentirosa!…»
Al llegar a ese pensamiento, me encendí de golpe.
“¿Por qué deshonesta? ¿Cómo deshonesta? Anoche hablé con sinceridad. Recuerdo que también había un sentimiento real en mí. Lo que quería era despertar un sentimiento honorable en ella. … Su llanto fue algo bueno, tendrá un buen efecto”.
Aun así, no lograba sentirme tranquilo. Toda aquella noche, aun cuando ya había regresado a casa, incluso después de las nueve, cuando calculé que era ya imposible que Liza viniera, seguía persiguiéndome y, lo que era peor, me volvía a la memoria siempre en la misma postura. Un solo momento de todo lo ocurrido la noche anterior se alzaba con viveza ante mi imaginación: el momento en que encendí una cerilla y vi su rostro pálido y desencajado, con su expresión de tortura. ¡Y qué sonrisa tan lastimosa, tan antinatural, tan desencajada tenía en ese momento!