oficiales. Con este fin comencé a visitar el Gostiny Dvor y, tras varios intentos, me decanté por un trozo de castor alemán barato. Aunque estos castores alemanes pronto se estropean y tienen un aspecto miserable, al principio se ven sumamente bien, y yo solo lo necesitaba para la ocasión. Pregunté el precio; aun así, era demasiado caro. Tras pensarlo detenidamente, decidí vender mi cuello de mapache.
El resto del dinero —una suma considerable para mí— decidí pedírselo prestado a Anton Antonitch Syetotchkin, mi superior inmediato, una persona modesta, aunque grave y juiciosa. Nunca le prestaba dinero a nadie, pero a mí, al entrar en el servicio, me había recomendado especialmente un personaje importante que me había conseguido el puesto. Estaba horriblemente preocupado. Pedirle prestado a Anton Antonitch me parecía monstruoso y vergonzoso. No dormí durante dos o tres noches. En realidad, no dormía bien por entonces, tenía fiebre; ¡sentía un hundimiento indefinido en el pecho o bien un súbito latido, latido, latido!
Anton Antónitch se sorprendió al principio, luego frunció el ceño, después lo pensó bien y al fin me prestó el dinero, recibiendo de mi parte una autorización por escrito para descontar de mi sueldo, quince días más tarde, la suma que me había prestado.
De este modo todo estuvo por fin listo. El hermoso castor reemplazó al mapache de aspecto mezquino, y comencé poco a poco a ponerme manos a la obra. No habría estado bien actuar de buenas a primeras, al azar; el plan tenía que llevarse a cabo con habilidad, gradualmente. Pero debo confesar que, tras muchos esfuerzos, empecé a desesperar: sencillamente éramos incapaces de chocarnos. Hice todos los preparativos, estaba de lo más decidido —parecía que íbamos a tropezar el uno con el otro de inmediato— y, antes de darme cuenta de lo que hacía, me había vuelto a apartar para dejarle paso y él había pasado sin reparar en mí. Incluso le supliqué a Dios, al acercarme a él, que me