Era una noche quieta y la nieve bajaba en masa y caía casi perpendicularmente, cubriendo la acera y la calle desierta como con una almohada.
No había nadie en la calle, no se escuchaba ningún sonido. Las farolas daban un brillo desolado e inútil. Corrí doscientos pasos hasta el cruce de caminos y me detuve en seco.
¿A dónde se había ido? ¿Y por qué corría tras ella?
¿Para qué? ¡Postrarme ante ella, sollozar de remordimiento, besar sus pies, implorar su perdón! Anhelaba eso, mi pecho entero se estaba desgarrando, y jamás, jamás recordaré ese minuto con indiferencia. Pero ¿para qué?, pensaba. ¿Acaso no empezaría a odiarla, tal vez, incluso mañana, solo porque hoy le había besado los pies? ¿Le daría yo la felicidad? ¿No había reconocido aquel día, por centésima vez, lo que valía? ¿No terminaría por atormentarla?
Me quedé de pie en la nieve, contemplando la oscuridad turbulenta y reflexioné sobre esto.
«¿Y no será mejor?», reflexioné fantásticamente, ya en casa, ahogando el vivo dolor de mi corazón con sueños fantásticos.
«¿No será mejor que conserve para siempre el resentimiento de la afrenta? El resentimiento... ¡vamos!, es una purificación; ¡es una conciencia de lo más punzante y doloroso! Mañana habría mancillado su alma y agotado su corazón, mientras que ahora el sentimiento de la afrenta no morirá jamás en su corazón, y por muy repugnante que sea la inmundicia que la aguarda, el sentimiento de la afrenta la elevará y purificará... por el odio... ¡hum!... tal vez también por el perdón... Pero ¿acaso todo eso le hará las cosas más fáciles?...»
Y, en verdad, haré aquí una pregunta ociosa por cuenta propia: ¿qué es mejor: la felicidad barata o los sufrimientos exaltados? Bien, ¿qué es