concediera determinación. En una ocasión me había decidido por completo, pero todo terminó en que tropecé y caí a sus pies porque, en el último instante, cuando estaba a quince centímetros de él, me faltó valor. Él pasó por encima de mí con toda tranquilidad, mientras yo salía disparado hacia un lado como una pelota. Aquella noche volví a enfermar, con fiebre y delirios.
Y de repente terminó de la manera más feliz. La noche antes había decidido no llevar a cabo mi fatídico plan y abandonarlo todo, y con ese propósito fui a Nevski por última vez, tan solo para ver cómo lo abandonaba todo.
De pronto, a tres pasos de mi enemigo, tomé una decisión inesperada: ¡cerré los ojos y chocamos a toda carrera, hombro con hombro! ¡No me moví ni un centímetro y pasé a su lado en pie de absoluta igualdad! Ni siquiera se volvió y fingió no darse cuenta; pero solo estaba fingiendo, de eso estoy convencido. ¡De eso sigo convencido hasta el día de hoy!
Por supuesto, salí peor parado —él era más fuerte—, pero esa no era la cuestión. La cuestión era que había alcanzado mi objetivo, había mantenido mi dignidad, no había cedido ni un paso y me había situado públicamente en pie de igualdad social con él. Regresé a casa sintiendo que me había vengado plenamente de todo. Estaba encantado. Estaba triunfante y cantaba arias italianas.
Por supuesto, no voy a describirles lo que me pasó tres días después; si han leído mi primer capítulo, pueden adivinarlo por ustedes mismos. Al oficial lo trasladaron poco después; hace ya catorce años que no lo veo. ¿Qué estará haciendo ahora el querido muchacho? ¿A quién estará atropellando?