Aun a esta hora me pierdo en la admiración cuando recuerdo el tono verdaderamente caballeroso, de buen humor y sincero de mi carta. Con tacto y buena educación, y sobre todo, completamente sin palabras superfluas, me eché la culpa de todo lo ocurrido. Me defendí, «si es que realmente se me puede permitir defenderme», alegando que, al no estar en absoluto acostumbrado al vino, me había embriagado con la primera copa, la cual, según dije, me había bebido antes de que ellos llegaran, mientras los esperaba en el Hotel de París entre las cinco y las seis.
Le pedí perdón especialmente a Símonov; le rogué que transmitiera mis explicaciones a todos los demás, sobre todo a Zvérkov, a quien «me parecía recordar como en sueños» que había insultado. Añadí que habría ido a visitarlos a todos en persona, pero que me dolía la cabeza y, además, no tenía el valor de hacerlo.
Me complacía especialmente cierta ligereza, casi descuido (estrictamente dentro de los límites de la educación, sin embargo), que se manifestaba en mi estilo y que, mejor que cualquier argumento posible, les daba a entender de inmediato que yo adoptaba un punto de vista bastante independiente sobre «todo aquel desagradable asunto de anoche»; que de ningún modo estaba tan totalmente abatido como vosotros, amigos míos, probablemente imaginabais; sino que, por el contrario, lo contemplaba como debe contemplarlo un caballero que se respeta serenamente a sí mismo.
«¡Sobre el pasado de un joven héroe no recae ninguna censura!»
«¡Tiene en realidad algo de aristocrática picardía!», pensé con admiración al releer la carta. «¡Y todo porque soy un intelectual y un hombre culto! Otro en mi lugar no habría sabido cómo salir del paso, pero aquí estoy yo, libre del apuro y tan alegre como siempre, y todo porque soy “un hombre culto y educado de nuestros días”. Y, en efecto, tal vez todo se debió al vino de ayer. ¡Mmh!». …