No vayáis a creer, sin embargo, que fue la cobardía lo que me hizo escabullirme del oficial; jamás he sido un cobarde de corazón, aunque siempre lo haya sido en la acción. No tengáis prisa por reír —os aseguro que puedo explicarlo todo.
¡Ah, si tan solo aquel oficial hubiera sido de los que se prestan a batirse en duelo! Pero no, era uno de esos caballeros (¡ay, extintos desde hace mucho!) que preferían pelearse con tacos de billar o, como el teniente Pirogov de Gogol, recurrir a la policía. No batían en duelo y, en cualquier caso, habrían considerado que un duelo con un civil como yo era un procedimiento de lo más impropio; y, en general, veían el duelo como algo imposible, algo librepensador y francés. Pero estaban más que dispuestos a intimidar, sobre todo cuando medían más de seis pies.
No me escabullí por cobardía, sino por una vanidad sin límites. No temía sus seis pies de estatura, ni recibir una buena paliza y ser arrojado por la ventana; valor físico me habría sobrado, os lo aseguro; pero carecía de valor moral.
Lo que temía era que todos los presentes, desde el insolente marcador hasta el último de los empleaduchos apestosos y llenos de granos de cuello grasiento, se burlaran de mí y no comprendieran nada cuando empezara a protestar y a dirigir la palabra en lenguaje literario.
Porque del punto de honor —no del honor, sino del punto de honor (point d’honneur)— no se puede hablar entre nosotros más que en lenguaje literario. No se puede aludir al «punto de honor» en el lenguaje ordinario.
Estaba plenamente convencido (¡qué sentido de la realidad, a pesar de todo mi romanticismo!) de que todos se partirían de risa, y de que el oficial no se limitaría a pegarme, es decir, sin insultarme, sino que sin duda me daría un rodillazo en la espalda, me patearía alrededor de la mesa de billar y solo entonces, tal vez, se apiadaría de mí y me tiraría por la ventana.