Nuestro romántico preferiría volverse loco —cosa que, sin embargo, raras vez sucede— antes que recurrir a la injuria abierta, a menos que tuviera alguna otra carrera en perspectiva; y jamás lo echan a patadas. A lo sumo, lo llevarían al manicomio como «el rey de España» si llegara a enloquecer por completo. Pero en Rusia solo los de pelo claro y ralo pierden la cabeza.
Innumerables «románticos» alcanzan más tarde en la vida a un rango considerable en el servicio. ¡Su versatilidad es notable! ¡Y qué facultad tienen para las sensaciones más contradictorias! Me consolaron estos pensamientos ya en aquellos días, y sigo opinando lo mismo. Por eso hay entre nosotros tantas «naturalezas amplias» que jamás pierden su ideal ni siquiera en lo más hondo de la degradación; y aunque no muevan un dedo por su ideal, aunque sean ladrones y granujas rematados, conservan con lágrimas su primer ideal y son extraordinariamente honrados de corazón.
Sí, solo entre nosotros el bribón más incorregible puede ser absoluta y sobriamente honesto de corazón sin dejar de ser en lo más mínimo un bribón. Lo repito, nuestros románticos se convierten con frecuencia en canallas tan consumidos (empleo el término «canallas» con afecto), manifiestan de pronto tal sentido de la realidad y conocimiento práctico que sus desconcertados superiores y el público en general solo pueden exclamar con asombro.
Su versatilidad es realmente asombrosa, y Dios sabe en qué podrá convertirse más adelante, y qué nos deparará el futuro. ¡No es un material pobre! No lo digo por ningún patriotismo necio o jactancioso. Pero estoy seguro de que otra vez se están imaginando que estoy bromeando. O tal vez sea todo lo contrario y estén convencidos de que realmente pienso así.