En cualquier caso, caballeros, ambas opiniones serán bienvenidas para mí como un honor y un favor especial. Y perdonen mi digresión.
No conservé, desde luego, relaciones amistosas con mis camaradas y pronto estuve en desacuerdo con ellos, y en mi juventud e inexperiencia incluso dejé de saludarles, como si hubiera roto toda relación. Eso, sin embargo, solo me ocurrió una vez. Por regla general, siempre estuve solo.
En primer lugar, pasaba la mayor parte del tiempo en casa, leyendo. Trataba de sofocar todo lo que hervía continuamente en mi interior por medio de impresiones externas. Y el único medio externo del que disponía era la lectura. La lectura, desde luego, era de gran ayuda; me estimulaba, me proporcionaba placer y dolor. Pero a veces me aburría horriblemente. A pesar de todo, uno anhelaba movimiento, y me sumergí de repente en un vicio oscuro, subterráneo y repugnante de la especie más mezquina. Mis miserables pasiones eran agudas, lacerantes; debido a mi continua e enfermiza irritabilidad, sufría impulsos histéricos, con lágrimas y convulsiones. No tenía más recurso que la lectura; es decir, no había nada en mi entorno que pudiera respetar y que me atrajera. Me sentía además abrumado por la depresión; sentía un anhelo histérico de incongruencia y de contraste, y por eso me entregué al vicio. No he dicho todo esto para justificarme… ¡Pero no! Miento. Sí quería justificarme. Hago esa pequeña observación en beneficio propio, caballeros. No quiero mentir. Me juré a mí mismo que no lo haría.
Y así, furtivamente, tímidamente, en la soledad, por la noche, me entregué a un vicio inmundo, con un sentimiento de vergüenza que nunca me abandonaba, ni siquiera en los momentos más abyectos, y que en tales momentos casi me hacía maldecir.
Ya desde entonces tenía mi mundo subterráneo en el alma. Tenía un miedo espantoso a que me vieran, a que me cruzaran, a que me reconocieran. Visitaba diversos antros oscuros.