Lo malo (este es mi comentario otra vez) es que me atrevo a decir que entonces la gente estará agradecida por los alfileres dorados. El hombre es estúpido, ya saben, fenomenalmente estúpido; o más bien no es nada estúpido, pero es tan ingrato que no se podría encontrar otro igual en toda la creación.
Yo, por ejemplo, no me sorprendería lo más mínimo si de repente, a propósito de nada, en medio de la prosperidad general, se levantara un caballero con un rostro ignominioso —o más bien reaccionario e irónico— y, poniéndose en jarras, nos dijera a todos:
«Digan mi estimados, ¿no haríamos bien en mandar al diablo todo este tinglado, echar el racionalismo a los cuatro vientos, sencillamente para enviar los logaritmos a hacer puñetas, y permitirnos vivir una vez más según nuestra propia y estúpida voluntad?».
Eso, de nuevo, no tendría importancia; pero lo fastidioso es que de seguro encontraría seguidores; tal es la naturaleza del hombre.
Y todo eso por el motivo más tonto, que, según se pensaría, apenas merecía la pena mencionar: