mis miserables días de escuela, y no conseguía sacudírmelos de encima. Me habían enviado a aquel colegio unos parientes lejanos, de quienes dependía y de los quienes no he vuelto a saber nada desde entonces; me enviaron allí siendo un muchacho desamparado y silencioso, ya aplastado por sus reproches, ya atormentado por la duda y mirando a todo el mundo con una desconfianza feroz. Mis compañeros de clase me recibieron con burlas maliciosas y despiadadas porque yo no era como ninguno de ellos. Pero yo no podía soportar sus pullas; no podía ceder ante ellos con la innoble docilidad con la que ellos cedían unos a otros. Los odié desde el primer momento y me encerré lejos de todos en un orgullo tímido, herido y desproporcionado. Su grosería me repugnaba. Se reían cínicamente de mi rostro, de mi torpe figura; y, sin embargo, ¡qué caras tan estúpidas tenían ellos mismos! En nuestra escuela las caras de los muchachos parecían degenerar y volverse más estúpidas de un modo muy particular. ¡Cuántos chicos apuestos venían con nosotros! En pocos años se volvían repulsivos. Ya a los dieciséis años los miraba con hosquedad; ya entonces me llamaba la atención la mezquindad de sus pensamientos, la estupidez de sus ocupaciones, de sus juegos, de sus conversaciones. No entendían las cosas esenciales, no mostraban interés por temas tan llamativos e impresionantes que no podía evitar considerarlos inferiores a mí. No era la vanidad herida la que me empujaba a ello, y, por el amor de Dios, no me vengan con sus manidos comentarios, repetidos hasta la náusea, de que «yo no era más que un soñador», mientras que ellos ya entonces entendían la vida. No entendían nada, no tenían ni idea de la vida real, y juro que eso era lo que más me indignaba de ellos. Por el contrario, la realidad más evidente y llamativa la aceptaban con una estupidez fantástica y ya entonces estaban acostumbrados a respetar el éxito. De todo lo que era justo, pero se hallaba oprimido y era menospreciado, se reían de manera desalmada y vergonzosa. Confundían el rango con la inteligencia; ya a los dieciséis años hablaban de un puestecito cómodo. Por supuesto, gran parte de aquello se debía a su estupidez, a los malos ejemplos de los que siempre
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