Tuve la paciencia de sentarme como un tonto junto a esta gente durante cuatro horas seguidas, escuchándoles sin saber qué decirles ni atreverme a decir una sola palabra. Me quedaba estupefacto, en varias ocasiones sentí que sudaba, me invadía una especie de parálisis; pero esto era agradable y me sentaba bien. Al volver a casa aplazaba por un tiempo mi deseo de abrazar a toda la humanidad.
Sin embargo, tenía otra clase de conocimiento, Simonov, que había sido compañero mío de colegio.
En realidad, tenía varios compañeros de colegio en Petersburgo, pero no me trataba con ellos y hasta había dejado de saludarlos con la cabeza en la calle. Creo que me había trasladado al departamento en el que estaba simplemente para evitar su compañía y cortar toda relación con mi odiosa infancia. ¡Maldito sea aquel colegio y todos aquellos terribles años de trabajos forzados!
En resumen, me aparté de mis compañeros de colegio en cuanto salí al mundo. Quedaban dos o tres a los que saludaba con la cabeza en la calle. Uno de ellos era Simonov, que no se había distinguido en absoluto en el colegio, de carácter tranquilo y equilibrado; pero descubrí en él cierta independencia de carácter e incluso honradez. Ni siquiera supongo que fuera particularmente estúpido.
En una época había pasado con él algunos momentos bastante entrañables, pero no habían durado mucho y de algún modo se habían nublado de repente. Es evidente que a él le resultaban incómodos aquellos recuerdos y creo que siempre temía que yo volviera a adoptar el mismo tono. Sospechaba que me tenía aversión, pero aun así seguía yendo a visitarle, al no estar del todo seguro de ello.
Y así en una ocasión, incapaz de soportar mi soledad y sabiendo que, como era jueves, la puerta de Antón Antónich estaría cerrada, pensé en Símonov.