estúpido, el más absurdo y el más envidioso de todos los gusanos de la tierra, que no son ni pizca mejores que yo, pero que, sabe Dios por qué, jamás se sienten confundidos; ¡mientras que yo siempre seré insultado por cualquier piojo, ese es mi sino!
¿Y qué me importa a mí que no comprenda una sola palabra de esto? ¿Y qué me importa, qué me importa usted, ni si se va a la ruina ahí o no? ¿Comprende? ¡Cómo lo voy a odiar ahora después de haber dicho esto, por haber estado aquí y haber escuchado! ¡Pues bien, no es ni una vez en la vida que un hombre se desahoga así, y para colmo en un ataque de histeria! … ¿Qué más quiere? ¿Por qué sigue plantado frente a mí, después de todo esto? ¿Por qué me atormenta? ¿Por qué no se va?
Pero en este punto sucedió una extraña circunstancia. Yo estaba tan acostumbrado a pensar e imaginarlo todo a través de los libros, y a representarme todo en el mundo tal como yo mismo me lo había inventado de antemano en mis sueños, que no pude asimilar de golpe esta extraña circunstancia.
Lo que sucedió fue lo siguiente: Liza, ofendida y aplastada por mí, comprendió mucho más de lo que yo imaginaba. Comprendió por todo aquello lo que una mujer comprende antes que nada, si siente un amor genuino, es decir, que yo mismo era infeliz.
A la expresión aterrorizada y herida de su rostro le siguió primero una mirada de triste perplejidad. Cuando empecé a llamarme canalla y granuja y brotaron mis lágrimas (la diatriba estuvo acompañada en todo momento por lágrimas), todo su rostro se contrajo convulsivamente. Estuvo a punto de levantarse y detenerme; cuando terminé, no hizo caso de mis gritos: «¿Por qué estás aquí, por qué no te vas?», sino que comprendió únicamente que debió de serme muy amargo decir todo aquello. Además, estaba tan destrozada, la pobre; se consideraba infinitamente inferior a mí; ¿cómo iba a sentir ira o resentimiento? De