animales), tal vez mediante su sola maldición alcance su objetivo—es decir, ¡convencerse de que es un hombre y no una tecla de piano! Si decís que todo esto también puede calcularse y tabularse—el caos, las tinieblas y las maldiciones, de modo que la mera posibilidad de calcularlo todo de antemano lo detendría todo y la razón volvería a imperar, ¡entonces el hombre se volvería loco adrede para librarse de la razón y salir con la suya! ¡Yo creo en ello, respondo por ello, porque toda la obra del hombre parece consistir realmente en no hacer otra cosa que probarse a sí mismo a cada minuto que es un hombre y no una tecla de piano! ¡Puede ser a costa de su pellejo, puede ser mediante el canibalismo! Y siendo así, ¿cómo no va a tentar a uno la alegría de que aún no se haya logrado y de que el deseo siga dependiento de algo que no conocemos?
Me gritarás (es decir, si te dignas a hacerlo) que nadie está atentando contra mi libre albedrío, que lo único que les importa es que mi voluntad coincida por sí misma, por su propia voluntad, con mis propios intereses normales, con las leyes de la naturaleza y de la aritmética.
¡Cielo santo, caballeros, qué clase de libre albedrío queda cuando llegamos a la tabulación y a la aritmética, cuando todo sea cuestión de que dos y dos son cuatro? Dos y dos son cuatro sin mi voluntad. ¡Como si el libre albedrío consistiera en eso!