quería que me fuera sin saber que ella también era honrada y sinceramente amada; que a ella también se le hablaba con respeto. Sin duda, aquella carta estaba destinada a yacer en su cofre y a no conducir a nada. Pero, aun así, estoy seguro de que la guardaría toda su vida como un tesoro precioso, como su orgullo y justificación, y ahora, en un momento así, se había acordado de esa carta y la había traído con ingenuo orgullo para elevarse ante mis ojos, para que yo lo viera, para que yo también tuviera un buen concepto de ella. No dije nada, le apreté la mano y salí. Tenía tantas ganas de marcharme… Hice todo el camino a casa a pie, a pesar de que la nieve semiderretida seguía cayendo en pesados copos. Estaba agotado, destrozado, desconcertado. Pero, detrás del desconcierto, la verdad ya empezaba a brillar. La repugnante verdad.
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VII
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