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nydus/The Sun Also RisesPublic
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El coche tenía que recogernos en el hotel en cuarenta minutos, y nos detuvimos en el café de la plaza donde habíamos desayunado, y tomamos una cerveza.

Hacía calor, pero el pueblo tenía un olor fresco y limpio a mañana temprana y era agradable sentarse en el café.

Empezó a soplar una brisa, y se podía notar que el aire venía del mar. Había palomas por la plaza, y las casas tenían un color amarillo, tostado por el sol, y yo no quería marcharme del café.

Pero tuvimos que ir al hotel para hacer las maletas y pagar la cuenta. Pagamos las cervezas, jugamos a los chinos y creo que pagó Cohn, y subimos al hotel. Fueron solo dieciséis francos por cabeza para Bill y para mí, con el diez por ciento añadido por el servicio, y mandamos bajar las maletas y esperamos a Robert Cohn.

Mientras esperábamos, vi una cucaracha en el suelo de parquet que debía medir alinear tres pulgadas de largo. Se la señalé a Bill y luego le puse el zapato encima. Coincidimos en que debía de acabarse de meter desde el jardín. De verdad que era un hotel horrorosamente limpio.

Cohn bajó, por fin, y todos fuimos al coche. Era un coche grande y cerrado, con un chófer con guardapolvo blanco de cuello y puños azules, y le hicimos bajar la capota trasera. Metió las maletas a empujones y salimos calle arriba, fuera del pueblo. Pasamos junto a unos jardines preciosos y echamos una buena última mirada al pueblo, y luego estábamos en el campo, verde y ondulado, con la carretera subiendo todo el tiempo. Pasamos junto a muchos vascos con bueyes o ganado, que arrastraban carros por la carretera, y bonitas casas de labranza, de tejados bajos y todas encaladas. En el País Vasco la tierra parece muy rica y verde, y las casas y los pueblos se ven prósperos y limpios.

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